Me levanté entusiasmada.
Cualquier del día del año refunfuñaba por madrugar, cualquier día excepto el de
la Romería. Desayuné lo más deprisa que pude y me vestí con la ropa que debía
llevar.
María, es tarde, — indicó mi
madre—, está la abuela esperándote abajo.
Bajé las escaleras de casa
corriendo y allí me encontré con mi abuela, vestida con la ropa de la Romería y
perfectamente arreglada, como todos los años. Le di la mano y bajamos hasta la
plaza. Allí nos encontramos con nuestra carreta, y bajamos bailando y cantando
hasta la Herrería. Al llegar al campo, recogí unas cuantas flores. Entonces
cogí a mi abuela de la mano y la llevé hasta la ermita. Cuando llegamos, la
sonreí y ofrecimos a la Virgen las flores. A continuación rezamos a la Virgen
de Gracia. Aquel día había sido bastante
largo. Habíamos bailado, comido y reído hasta no poder más. Llegamos a casa
tardísimo. Mi abuela me llevó hasta casa, me tumbó y me tapó. Me contó un cuento
y me dormí tomando su mano. Esa fue mi última Romería al lado de mi queridísima
abuela. Mi corazón sufrió un vuelco al enterarme de su grave enfermedad. Solo
disfruté de mi dulce protectora tan solo un par de meses más; ¡Mi Virgencita de
Gracia, cuídamela! Los años han pasado, y ahora
soy yo la que acompaña a mi amadísima nieta. Los ojos se empañan de lágrimas
cuando juntas y cogidas de la mano rezamos a la Virgen de Gracia en aquella
acogedora ermita. Allí veo, en mi mente, el reflejo, aún infantil, de mi
queridísima abuela. Y en este momento de máxima felicidad, rezo por ella a mi
virgen y pido, con todo mi corazón, por mi nietecilla: ¡No nos abandones nunca,
Madre Mía!
